domingo 19 de febrero de 2012
Niebla Xalapeña parte no sé cuantos
Las ideas antropocentristas están tan arraigadas en el inconsciente colectivo que a veces ni cuenta me doy cuando me brotan. Por hoy, quiero imaginarme que algúna especie de satírico titiritero juega con equis y yes variables para producir cambios en estados de ánimo al azar. Por hoy, quiero creer que la niebla fué un obsequio, y no me importa que el alzado ése lo haya dado sólo para reírse de un mortal voluble. La niebla ahí está. Aclaro que no hay duende verde de por medio.
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sábado 4 de febrero de 2012
Hay muchas manera posibles de empezar a escribir. En esta ocasión me limito a saludarte y decirte que has estado en mi cabeza en incontables ocasiones, pero que a falta de no sé qué, no ha habido comunicación recientemente. Hay infinidad de cosas que he querido decirte y compartir; es en parte la necesidad que siento de mantener una línea de respeto la que me ha detenido varias veces.
¿A qué me refiero? Me he dado cuenta (según yo, por supuesto, bien cabe la posibilidad de que sea un espejismo) del vacío de esta era de la información o era del conocimiento como algunos pretenden llamarla, en la que los datos abundan pero la sabiduría pareciera extraviada. Quienes memorizan un par de nombres, números, títulos o anécdotas y en el mejor de los casos los hilvanan vagamente para después venderte la idea de que son expertos en algo se cuentan por millares. Quienes además se tragan la píldora de la des-información que proveen los amos de la caverna, y es con base en ello que pretenden apantallar, son también un cifra apabulladora. Me aterra convertirme en uno de ellos. Siempre que quiero escribir sobre algo me cuestiono yo mismo si es que en realidad domino el tema como para abordarlo y mantener mi integridad en el intento. No son pocos los momentos en los que decido no hacerlo, nomás pa'no correr el riesgo, y ahí es donde también según yo, reside parte de este respeto del que te hablo. No quiero que ni por un momento sientas que intento engañarte. Las cosas que aquí planteo son siempre un ejercicio de honestidad. No un monumento a la honestidad, soy humano, no una estatua, ya que podría decir más y más cosas a las que muy en el fondo no me atrevo, pero aquí, hablando de la virtud en sí, es cuando una vez más queda ilustrado el hecho de que los límites entre una y otra virtud (JA, como si pudiéramos separarlas en realidad) son tan delgados y ambiguos; tal y como mi maestro me lo enseñó. Tal y como traté de transmitírselo a mis alumnos hace poco.
Más que honestidad, a veces me falta la valentía. La valentía, estoy seguro, sería la que me llevaría a decir llanamente lo que sea que pienso y sin tapujos, ¿no? ¿Y la prudencia, entonces? ¡Caramba, que nomás se pone uno profundo y salen los conflictos! Como sea, recientemente un afamado comunicador alternativo me dió de manera impersonal, una gran lección de honestidad y de valentía. Quien quiera que él sea, se aventó al aire (espero que sea la expresión adecuada para lo que se graba y reproduce en un podcast) una afirmación-confesión que yo muy bien hubiera podido hacer hace un par de años cuando inicié el blog. Por una parte me queda claro que las confesiones de ese estilo son a veces innecesarias, y que se hacen necesarias cuando se trata de ejercisios personales; por el otro, me sorprendió que lo hiciera ya que yo nunca la hice. Ahora es tarde, mi condición es diferente y aún así me sigue haciendo ruido. Ahora que lo pienso, tal vez la hago constantemente a mi manera. Él decía que no era experto de nada, básicamente. Aún así el número de personas que lo seguimos parece ser monumental; aún así no dudaría en decir que es una especie de líder de opinión, aunque sea en miniatura. Aún así es posible meterse desde la propia visión, a explorar los campos que salen de lo vanal, de lo vulgar y de lo estúpido. Aún así tienes el derecho a no ser un tonto. No dejemos que nos vendan la idea de que nosotros, la gente simple, los de abajo, tenemos que serlo. No permitamos que nos tengan donde nos quieren. Al menos, intentemos dejar a nuestra mente volar y ser libre. Como dice uno de estos tantos ingeniosos slogans al rededor de la protesta en contra de las leyes de censura del internet, "piensa mientras es aún legal hacerlo". Estoy muy de acuerdo, excepto que cuando sea ilegal habrá que pensar aún más. Y mejor.
Ya no te mareo. Sólo quiero cerrar ofreciéndote dos cosas medulares: primero, haré lo posible por atreverme a más, a decirte acerca de más de las muchas que rondan en mi cabeza; segundo, como siempre, seguiré haciendo juicio de conciencia cada que lo haga, ¿vale? No a cambio, pero te pido algo: dame el beneficio de la duda. Sé que muchos de mis planteamientos podrían ser fácilmente descartados mediante una amplia gama de maneras. En vez de buscar las fallas, reflexionemos acerca de lo que casi nadie parece querer que reflexionemos.
Me encantaría leerte de vez en cuando. Me consta lo poco que en general los usuarios participan en los blogs; no hay fijón, pero... ¿y si te atrevieras?
¿A qué me refiero? Me he dado cuenta (según yo, por supuesto, bien cabe la posibilidad de que sea un espejismo) del vacío de esta era de la información o era del conocimiento como algunos pretenden llamarla, en la que los datos abundan pero la sabiduría pareciera extraviada. Quienes memorizan un par de nombres, números, títulos o anécdotas y en el mejor de los casos los hilvanan vagamente para después venderte la idea de que son expertos en algo se cuentan por millares. Quienes además se tragan la píldora de la des-información que proveen los amos de la caverna, y es con base en ello que pretenden apantallar, son también un cifra apabulladora. Me aterra convertirme en uno de ellos. Siempre que quiero escribir sobre algo me cuestiono yo mismo si es que en realidad domino el tema como para abordarlo y mantener mi integridad en el intento. No son pocos los momentos en los que decido no hacerlo, nomás pa'no correr el riesgo, y ahí es donde también según yo, reside parte de este respeto del que te hablo. No quiero que ni por un momento sientas que intento engañarte. Las cosas que aquí planteo son siempre un ejercicio de honestidad. No un monumento a la honestidad, soy humano, no una estatua, ya que podría decir más y más cosas a las que muy en el fondo no me atrevo, pero aquí, hablando de la virtud en sí, es cuando una vez más queda ilustrado el hecho de que los límites entre una y otra virtud (JA, como si pudiéramos separarlas en realidad) son tan delgados y ambiguos; tal y como mi maestro me lo enseñó. Tal y como traté de transmitírselo a mis alumnos hace poco.
Más que honestidad, a veces me falta la valentía. La valentía, estoy seguro, sería la que me llevaría a decir llanamente lo que sea que pienso y sin tapujos, ¿no? ¿Y la prudencia, entonces? ¡Caramba, que nomás se pone uno profundo y salen los conflictos! Como sea, recientemente un afamado comunicador alternativo me dió de manera impersonal, una gran lección de honestidad y de valentía. Quien quiera que él sea, se aventó al aire (espero que sea la expresión adecuada para lo que se graba y reproduce en un podcast) una afirmación-confesión que yo muy bien hubiera podido hacer hace un par de años cuando inicié el blog. Por una parte me queda claro que las confesiones de ese estilo son a veces innecesarias, y que se hacen necesarias cuando se trata de ejercisios personales; por el otro, me sorprendió que lo hiciera ya que yo nunca la hice. Ahora es tarde, mi condición es diferente y aún así me sigue haciendo ruido. Ahora que lo pienso, tal vez la hago constantemente a mi manera. Él decía que no era experto de nada, básicamente. Aún así el número de personas que lo seguimos parece ser monumental; aún así no dudaría en decir que es una especie de líder de opinión, aunque sea en miniatura. Aún así es posible meterse desde la propia visión, a explorar los campos que salen de lo vanal, de lo vulgar y de lo estúpido. Aún así tienes el derecho a no ser un tonto. No dejemos que nos vendan la idea de que nosotros, la gente simple, los de abajo, tenemos que serlo. No permitamos que nos tengan donde nos quieren. Al menos, intentemos dejar a nuestra mente volar y ser libre. Como dice uno de estos tantos ingeniosos slogans al rededor de la protesta en contra de las leyes de censura del internet, "piensa mientras es aún legal hacerlo". Estoy muy de acuerdo, excepto que cuando sea ilegal habrá que pensar aún más. Y mejor.
Ya no te mareo. Sólo quiero cerrar ofreciéndote dos cosas medulares: primero, haré lo posible por atreverme a más, a decirte acerca de más de las muchas que rondan en mi cabeza; segundo, como siempre, seguiré haciendo juicio de conciencia cada que lo haga, ¿vale? No a cambio, pero te pido algo: dame el beneficio de la duda. Sé que muchos de mis planteamientos podrían ser fácilmente descartados mediante una amplia gama de maneras. En vez de buscar las fallas, reflexionemos acerca de lo que casi nadie parece querer que reflexionemos.
Me encantaría leerte de vez en cuando. Me consta lo poco que en general los usuarios participan en los blogs; no hay fijón, pero... ¿y si te atrevieras?
martes 24 de enero de 2012
VII
Y un par de años después, Areaseros seguía en pie, aunque un tanto perdido. Recientemente, por primera vez en su vida le había asaltado una idea aterradora: ¿sería posible que ésta encarnación no lo alcanzara para lograr su objetivo?
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Areaseros
sábado 26 de noviembre de 2011
I want you to have NOTHING to do with her
Pasaba yo por el parque paseando a mi perro, y ¡zas! que me toca escuchar semejante y tajante declaración. Debo reconocer que lo de la escuchada no fué tan casual en ése punto, dado que desde hacía unos metros venía yo percibiendo lo que parecía una airada discusión en la lengua de los reyes. No necesito explicar (espero) mi recurrente avidez por escuchar Inglés nativo en vivo y a todo color para testear mi oído en lo tocante a los diferentes acentos, o el mismo idioma adquirido o aprendido nomás por viborear. En éste caso le tocó a un par de compatriotas míos ser examinado por mi curioso oído. Ella le hablaba a él, despacio pero con pronunciación muy aceptable. Él parecía poco preocupado por lo que ella quisiera o dejara de querer. Ya no presté más atención. Orejom y yo seguimos nuestro camino con prisa pues había muchos arbolillos que orinar por aquí y por ashá.
De una vez aclaro que no estoy escribiendo de manera metódica como de costumbre. No hubo ni habrá borrador, no revisaré errores de dedo, nada. Sólo quiero plasmar ideas. Sólo quiero darle rienda suelta a una línea de pensamiento obtusa, confusa y auténtica.
El incidente del parque produjo en mi sistema chismológico o como se llame, una lluvia de conjeturas acerca de cuál era la historia detrás del diálogo de los bilingües amantes. Las conjeturas y suposiciones se transformaron en una historia, la historia motivó una reflexión, la reflexión me ha ido gustando, y acto seguido, heme aquí echando letra.
¿Cuánta gente allá afuera no anda inquiriendo los queveres y quehaceres de su pareja sentimental en jornadas de tiempo completo? Que hueva, ¿no? Porque a ver, sí entiendo que cada quien está en su legítimo derecho de establecer los límites que le vengan en gana, los llamados deal-breakers, la claúsula en el contrato que establece las prohibiciones, vamos. También entiendo que esos términos pueden o no ser aceptados por la contraparte y llegar de ése modo a un "sí nos entendemos" o a un "no nos entendemos". Con base en ello, cualquier condición es válida si es clara, consensual y conciente, desde que no quiero que salgas con la bola de borrachos que siempre terminan en un téibol, hasta un necesito dos meses de vacaciones al año y con permiso. No sé si me explico. O sea, todo se vale, pero con claridad y mutuo acuerdo, creo yo. Pero de ahí a convertirte en perro guardián de tus términos no sólo esclaviza a tu pareja, sino a ti mismo, ¿te fijas?
Por otro lado, no hace falta mucha imaginación, para que a partir del enunciado suscrito, asumamos que la morra traía una onda de celos muy muy densa. Sé lo que pasa cuando a uno le invaden ésos malditos, así que no me atrevo a juzgarla, pero reitero: ¡que maldita hueva! E insisto en lo mismo por varios motivos: primero, porque existe la posibilidad nada remota de que la tercera en discordia no sea más uno de esos que ahora está de moda llamar trolls, y la verdad no creo que sea conveniente para alguien caer en las redes de semejante calaña; segundo, porque otra posible explicación, sería que el que le está buscando ruido al chicharrón sea el emparejado, que mira que abundan los individuos que disfrutan de trollear a su novia (o) o similares, con los famosos picones a la mexicana; tercero, porque también pudiera ser que la celosa simplemente esté de paranóica o fabricando conflictos gratuitos, y cuarto, porque cualquiera de las opciones aquí expuestas es tan estéril y contra producente como la guerra contra el narco en México.
Yo no estoy libre de culpa, ergo no lanzo ni la primera ni la segunda ni la hexagésima tercera piedra. La que se lapida a punta de corajes es la inquisidora solita. ¿Cómo ves?
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sábado 24 de septiembre de 2011
El capitalismo también se fríe en la paila
La doña se encontraba en una difícil situación. Ahora se veía vieja y sola, y poco podía hacer para cambiar sus circunstancias. Su contexto y su formación no la habían preparado para valerse por sí misma. Había pasado su infancia y adolescencia ayudando a su madre a atender la casa y a su padre y hermanos varones, y a los diecisiete se había casado con el primer joven que había tenido el acierto de cortejarla y caravanear a su padre al mismo tiempo. Su matrimonio había sido más de lo mismo, con la sola diferencia de que cumpliendo con sus deberes maritales, había parido a siete hijos, tres de los cuales nunca alcanzaron los dos años de edad. Por supuesto, creía que esa era la única realidad posible. No anhelaba nada más pues no conocía nada más.
En algún momento el esposo murió, los hijos se fueron y los momentos más duros llegaron. Era cierto que ya no estaba al servicio de nadie, pero también lo era que su juventud había pasado, que sus hijos le habían dado la espalda y que se encontraba en una situación de casi total indefensión. No poseía nada, salvo el jacal en una colonia en las afueras de la ciudad, donde había vivido toda su vida adulta y luego heredado de su difunto marido, y tampoco sabía hacer nada que no tuviera que ver con las labores del hogar. Por supuesto, a duras penas sabía leer y escribir, y no tenía experiencia laboral alguna. Las alternativas eran pocas: podía intentar obtener algún empleo, pero no sabía dónde buscar, podía pedir limosna, pero jamás lo había hecho y dudaba tener madera para ello. Lo único cierto es que no resolvería nada sentada en la apolillada silla en la que se había sentado en su cocina durante ya más de tres décadas.
Así pues, salió de su casa y caminó por varias calles hasta que las casas dejaron de ser feas. Tocó la primera puerta y pidió trabajo de sirvienta. El rechazo fue categórico; no tenía referencias ni recomendaciones, era vieja y al parecer el hecho de buscar sustento por sí misma le producía rechazo a la gente. El desaliento era total, sin embargo no había tenido jamás la oportunidad de rendirse ni de descansar siquiera, y era ésta inercia la que la mantenía en pie.
Era de noche y el transporte público era un lujo mucho mas allá de sus posibilidades, así que caminó. Por algún motivo el camino a casa parecía muchísimo más largo que el que la había alejado de ella. El hambre apretaba. Conforme avanzaba, la cabeza le dolía más y más, máxime tomando en cuenta los olores que la ciudad emanaba de noche. Puestos y más puestos de “suculenta” comida le saltaban al paso. Era insoportable. De haber tenido fuerzas hubiera apretado el paso, pero eran ya varias semanas de apenas comer. De pronto al doblar una esquina un puesto llamó su atención. Era mayor que los demás y había más personas consumiendo y trabajando en él. Curiosamente, las personas que afanosamente amasaban, aplanaban, rellenaban y freían en el prospero puesto de antojitos eran muy similares a ella. Todas eran mujeres de apariencia humilde y edad madura, todas vestían mandiles y chanclas de plástico y todas eran morenas, delgadas y de tez arrugada. Todas excepto una, cuya tarea parecía ser sonreír a los clientes, platicar con ellos, cobrar y apresurar a las demás. Había otro elemento que en este particular establecimiento parecía interesante: en la única pared que este ocupaba se encontraba una cartulina pegada con la leyenda “SE BUSCA SEÑORA”, y luego de otras palabras incomprensibles reconoció la muy familiar “TORTILLAS”. Parecía una señal. Desde luego ella era una señora, quizá una no muy distinguida, pero definitivamente conocía lo que eran las tortillas. Habían sido la principal fuente de alimento toda su vida, y las había hecho por más de cuatro décadas, por ejemplo, los días de asueto en que su marido ocupaba la casa como centro de reunión, o los domingos de futbol, y siempre que se ofreciera. Sea como fuere, no era momento sino de intentarlo. Se acercó un poco y tímidamente le hizo saber a la aparente patrona que ella podía hacer tortillas. Al principio desconfiada, la patrona reconoció en la doña su característica favorita: la apremiante necesidad. Siendo amable pero con tono inflexible, la patrona ofreció un empleo en términos por demás convenientes para sí misma. La aspirante debía cubrir un horario extenuante y una serie de obligaciones, más por supuesto “lo que se ofreciera” pues ahí “todas hacían de todo”, a cambio de un salario que apenas le alcanzaría para cubrir sus pocas necesidades. El tema de cualquier otro beneficio no salió a la luz. Como era de esperarse, la doña aceptó el empleo agradecidísima y sin chistar. Ambas a su manera quedaron satisfechas.
A pesar del hambre, la doña regreso a su casa casi dando de brincos, bebió te caliente con azúcar, pues no tenía nada más, y se fué a la cama. No pudo dormir; ganar su propio dinero era una experiencia totalmente nueva, además parecía que su trabajo era perfecto. Ella era completamente apta para desempeñarlo con la mayor eficiencia y maestría.
El negocio marchaba y de algún modo esta prosperidad ajena le satisfacía. Solo le inquietaban las constantes quejas de su patrona acerca de dinero. Tal parecía que ella era una mujer muy buena, pues tal y como pregonaba, les pagaba a sus empleadas varios pesos más a la semana que lo que hubieran percibido en cualquier otro lugar. Ello le significaba enormes pérdidas, y el negocio apenas le permitía vivir decentemente, o al menos decía ella.
Por otro lado, la doña percibía una realidad muy diferente, pues el negocio estaba atestado de lunes a domingo (por supuesto, los días de descanso no existían), y después de semanas de trabajar para la patrona, la doña notaba la curiosa manera de repartir los ingresos que esta tenía. Sea como fuere, si algo no está roto no hay porque repararlo, y así siguió trabajando desde la media tarde hasta la madrugada en el puesto de antojitos.
Un buen día, algo sucedió que hizo que la doña reconsiderara sus circunstancias: al final de la jornada, en medio de la noche de domingo la patrona se dispuso a pagarle a sus empleadas, por supuesto en medio del acostumbrado ritual de quejas por dinero. Al llegar el turno de la última, las quejas dieron paso al reproche en contra de quien había osado faltar dos días esa semana. La patrona dejó muy en claro lo generosa que era de su parte el sólo descontarle los dos días de salario más uno de castigo por no avisar ni mandar reemplazo, y no despedirla definitivamente.
La empleada se quejó y explicó que sus faltas se debían a que su marido había estado enfermo y ella había tenido que atenderlo. No habían sido un gusto. Entendía los días descontados por ausencia pero no el castigo.
La patrona explotó en ira. ¡La empleada era una ingrata, una sinvergüenza y una ladrona! ¿Cómo pretendía no ser castigada? ¡La había abandonado a ella y a sus compañeras! ¡Eran un equipo! ¿Cómo se atrevía? Fúrica, la patrona le pagó sólo cuatro días de cinco trabajados aventado el dinero a la calle, y le rugió a la empleada que se largara y que jamás regresara. Después de que la ahora desempleada se fuera, la patrona les gritó a todas que eso era una lección y que esperaba la hubieran aprendido. La experiencia había sido impactante. No sólo la actitud de la patrona era absurda, sino en extremo injusta. Sea como fuere, efectivamente había sido una lección.
Poco después, una nueva señora fue contratada y la siguientes semanas transcurrieron sin novedad, sólo el ojo de la doña se había aguzado; ahora era más observadora y más crítica, al menos a su nivel. Ahora veía con mucha más claridad lo próspero que era el negocio, el mucho trabajo que ella y sus compañeras realizaban y lo frágil de su posición, lo absurdas que eran las quejas de la patrona acerca de dinero y lo desproporcionado de su paga. Esto último aún con una inocente curiosidad. Tanto le intrigaba el asunto, que se veía tentada a enfrentar su miedo aún exabrupto por parte de la patrona y cuestionarla al respecto. Era más fácil decirlo que hacerlo.
Más semanas pasaron y otro incidente hizo que se resolviera definitivamente: la patrona anunció que iría a “su rancho” a visitar a su familia por unos días (tal y como explicó, ella misma era de origen muy humilde, por eso comprendía a sus empleadas y fraternizaba con ellas), por lo que el changarrito permanecería cerrado durante una semana. Las empleadas comprenderían por supuesto, que al permanecer cerrado el puesto no generaría ganancias, y mucho menos salarios para las empleadas. La noticia era fatal. Todas dependían de su escasa paga, sino totalmente, al menos para complementar los paupérrimos ingresos familiares. En el caso de la doña la dependencia era total, pero una semana de hambre ya no le espantaba. Haciendo alarde de ingenuidad, otra empleada sugirió que entre ellas podían llevar el negocito durante la ausencia de la patrona, de manera que ella obtuviera sus ganancias, y ellas sus salarios. La negativa fue rotunda; la patrona “sabía” que eran exactamente momentos como este los que las trabajadoras esperaban para robarle haciendo “negocio de su negocio”, y eso ella no lo iba a permitir. Con muchos sacrificios, ella había ahorrado sus centavos para permitirse ese viaje, y si las empleadas no habían sido previsoras, ése era su problema.
Aún siendo prácticamente analfabeta, la doña tenía muchísima experiencia haciendo cuentas y estirando el dinero del gasto, ergo no le fue difícil emplear su semana libre para calcular de manera aproximada los gastos, costos, ventas, ingresos y ganancias finales del puesto de antojitos. Los resultados fueron sorprendentes. La diferencia entre lo que las empleadas producían en términos de dinero, y lo que percibían como salario era inmensa. De haber sido más ducha para el lenguaje, habría tenido mucho que decir; lo cierto es que estaba perpleja.
El día de regreso a laborar había llegado, y la doña había tomado su decisión. A pesar de los temores y a pesar de lo limitada que se sabía para expresar sus ideas, le plantearía a la patrona sus inquietudes respecto al reparto de las ganancias que como equipo generaban todas juntas. Le interesaba dejar claro que sabía perfectamente que la patrona era la patrona, aún así también pensaba que como trabajadoras tan eficientes que eran, en un negocio tan exitoso como el puesto, podían y debían ser mejor remuneradas.
Cuando el último cliente de esa noche se fue, mientras sus compañeras limpiaban y la patrona hacía su peculiar corte de caja, la doña se acercó a ésta tímidamente, y tartamudeando y como pudo le hizo saber lo que pensaba. A pesar de los antecedentes, ésta vez no hubo gritos ni regaños, aún así, el resto de las trabajadoras habían quedado estupefactas al escuchar a la doña. Con una voz helada y de manera tajante, la patrona dejó en claro 3 cosas: primero, que la doña como empleada no tenía ningún derecho de cuestionarla al respecto; segundo, que el negocio era de ella, ella lo había arriesgado todo sacrificándose para salir adelante, siendo muy fácil como empleada llegar a recibir un salario sin arriesgar nada, y tercero, que las ventas que el puesto tuviera a la doña para nada interesaban, si en algo estaba en desacuerdo tenía toda la libertad de buscarse otro empleo. Ninguna de las empleadas se explico jamás porque la doña no fue despedida esa noche.
Después del incidente, la doña jamás volvió a abrir la boca para algo que no fuera indispensable, y estrictamente relacionado con la producción de antojitos. El trato de la patrona hacia sus trabajadoras también cambió, ahora era más seco pero ligeramente menos déspota, y así transcurrieron varias semanas más.
De manera privada, la doña sabía que el incidente había tenido más repercusiones que las obvias, por lo menos para ella misma. Ahora hacia todo esfuerzo necesario para ahorrar todo lo posible, aunque fueran unos cuantos pesos a la semana. Pese a su mísero salario, la cuestión no era difícil dado que había llevado desde siempre una vida de carencias, apreturas y limitaciones.
Las semanas se hicieron meses, y la vida de la doña y del puesto de antojitos transcurrían sin aparente novedad, salvo que un par de ahora ex empleadas habían simplemente dejado de asistir a laborar sin aviso alguno. Por los comentarios y cuchicheos se entendía perfectamente que ello era normal, ya que por alguna inexplicable razón era difícil desarrollar lealtad al negocio. Individualmente, la doña se había capitalizado modestamente, y ahora tenía un plan para sí misma. Pronto renunciaría a su posición como empleada del puestecito e intentaría algo nuevo, ello a pesar de que pareciera que tener un empleo era ya un privilegio, sin importar qué empleo.
El día llegó, y la doña (después de recibir su salario por si las moscas) escuetamente le hizo saber a la patrona que le era imposible continuar cumpliendo con sus obligaciones dentro del negocio y que por ello se veía forzada a renunciar. Sorpresivamente, la patrona no hizo reproche alguno ni pregunto nada, por el contrario, pareció aliviada. Se limitó a recordarles a las demás empleadas que aunque lo quisiera de corazón y debido a su mala situación, no se veía en posibilidades de mejorar sus circunstancias laborales.
Ya en su casa, la doña se tomó un día de descanso (más hubiera sido excesivo), y al siguiente salió a hacer unas compras, adquirió una paila, una mesa, unas sillas y una lona, así como ingredientes suficientes para unos cuantos días de modesta producción de empanadas, garnachas, y tostadas.
Conforme la tarde de ese día transcurría, la doña sentía mariposas en el estomago. Iba a intentar algo completamente nuevo, aunque en el tema de las primeras veces irónicamente empezaba a sentirse experta. Al llegar al crepúsculo, comenzó a instalar su propio changarrito, y aunque estaba afuera de su casa, se sentía más sola que nunca; sola en medio de la calle.
Como pudo se sacudió el miedo y puso manos a la obra. Para cuando la noche había caído completamente, el aceite estaba caliente, los guisados a la vista y la mesa y la masa dispuestas. Sólo unas pocas personas cenaron ahí esa noche, y la siguiente y la siguiente. Aun así el pequeño margen (no ganancia) que las ventas habían dejado, eran suficientes para reponer la materia prima, los insumos, y alimentar a la doña quien difícilmente podría pensar en otra necesidad.
Así las cosas, y en contra de todo pronóstico, la empresa se mantenía a flote. Es más, parecía estar a la alza; cada vez más gente llegaba a cenar antojitos de “La Doña”. Conforme las ventas pasaban de ser modestas a suficientes, la doña de manera pragmática y casi instintiva, comenzó a observar algunos claros fenómenos del mercado, tales como la diferencia en la afluencia de clientes directamente relacionada con las fechas de pago de los asalariados, y más tarde, relacionada también con los momentos del año tanto escolar como laboral, la obviedad en la intrínseca relación oferta-demanda, así como pequeños trucos para aparentar una mejor función calidad-precio, sin que ello afectara sus ahora interesantes ganancias.
Otra realidad que comenzó a hacerse patente, era que la doña ya no se daba abasto sola. Ello le preocupaba de sobre manera dado que cualquier solución en la que pudiera pensar parecía demasiado radical. Casi sudando frio, y después de días de auto deliberación y noches de exhaustiva labor solitaria, llegó a la única conclusión sensata; necesitaba por lo menos otro par de manos y lo obtendría de la manera más fácil.
Esa noche pegó una cartulina en la única pared que su negocio ocupaba, que en aceptable español decía: “SOLISITO SEÑORA. AGA TORTILLAS.”
La jornada nocturna transcurrió sin novedad hasta que al momento de levantar el puesto, una mujer de edad madura, tez morena y aspecto humilde se le acercó con actitud sumisa y tímidamente le hizo saber que ella sabía hacer tortillas, que se sentía capaz de hacer antojitos en general, y que necesitaba casi desesperadamente un empleo pues su marido había enfermado y ella tenía que mantenerlo ahora. Un tanto renuente e indiferentemente, pero increíblemente nerviosa por dentro, la doña ofreció un empleo; el salario era bajísimo, y se reservaba el derecho de prescindir de la ayuda de la aspirante en caso de que la venta fuera baja. Por supuesto, a ninguna de las dos se le ocurrió siquiera pensar en beneficios adicionales. Sintiéndose afortunada, la aspirante aceptó la oferta sin chistar, e hízole saber a la neófita patrona que podía empezar de inmediato.
A partir de la siguiente noche, la actividad de la doña, ahora convertida en patrona, cambió totalmente. Dentro de sus posibilidades, se dedicaba ahora sólo a ser la cara del negocio, ofrecer y servir los productos, y cobrarle a los clientes. Atrás habían quedado las noches de sudor y quemaduras junto a la paila, otrora compañera, y ahora fuente de “prosperidad”, pues alguien más lo hacía ahora. Su situación había pasado de desesperada a prometedora o al menos así lo veía ella. Había quien hiciera el trabajo y ella recibía las ganancias. Había triunfado en la vida.
Así pues, salió de su casa y caminó por varias calles hasta que las casas dejaron de ser feas. Tocó la primera puerta y pidió trabajo de sirvienta. El rechazo fue categórico; no tenía referencias ni recomendaciones, era vieja y al parecer el hecho de buscar sustento por sí misma le producía rechazo a la gente. El desaliento era total, sin embargo no había tenido jamás la oportunidad de rendirse ni de descansar siquiera, y era ésta inercia la que la mantenía en pie.
Era de noche y el transporte público era un lujo mucho mas allá de sus posibilidades, así que caminó. Por algún motivo el camino a casa parecía muchísimo más largo que el que la había alejado de ella. El hambre apretaba. Conforme avanzaba, la cabeza le dolía más y más, máxime tomando en cuenta los olores que la ciudad emanaba de noche. Puestos y más puestos de “suculenta” comida le saltaban al paso. Era insoportable. De haber tenido fuerzas hubiera apretado el paso, pero eran ya varias semanas de apenas comer. De pronto al doblar una esquina un puesto llamó su atención. Era mayor que los demás y había más personas consumiendo y trabajando en él. Curiosamente, las personas que afanosamente amasaban, aplanaban, rellenaban y freían en el prospero puesto de antojitos eran muy similares a ella. Todas eran mujeres de apariencia humilde y edad madura, todas vestían mandiles y chanclas de plástico y todas eran morenas, delgadas y de tez arrugada. Todas excepto una, cuya tarea parecía ser sonreír a los clientes, platicar con ellos, cobrar y apresurar a las demás. Había otro elemento que en este particular establecimiento parecía interesante: en la única pared que este ocupaba se encontraba una cartulina pegada con la leyenda “SE BUSCA SEÑORA”, y luego de otras palabras incomprensibles reconoció la muy familiar “TORTILLAS”. Parecía una señal. Desde luego ella era una señora, quizá una no muy distinguida, pero definitivamente conocía lo que eran las tortillas. Habían sido la principal fuente de alimento toda su vida, y las había hecho por más de cuatro décadas, por ejemplo, los días de asueto en que su marido ocupaba la casa como centro de reunión, o los domingos de futbol, y siempre que se ofreciera. Sea como fuere, no era momento sino de intentarlo. Se acercó un poco y tímidamente le hizo saber a la aparente patrona que ella podía hacer tortillas. Al principio desconfiada, la patrona reconoció en la doña su característica favorita: la apremiante necesidad. Siendo amable pero con tono inflexible, la patrona ofreció un empleo en términos por demás convenientes para sí misma. La aspirante debía cubrir un horario extenuante y una serie de obligaciones, más por supuesto “lo que se ofreciera” pues ahí “todas hacían de todo”, a cambio de un salario que apenas le alcanzaría para cubrir sus pocas necesidades. El tema de cualquier otro beneficio no salió a la luz. Como era de esperarse, la doña aceptó el empleo agradecidísima y sin chistar. Ambas a su manera quedaron satisfechas.
A pesar del hambre, la doña regreso a su casa casi dando de brincos, bebió te caliente con azúcar, pues no tenía nada más, y se fué a la cama. No pudo dormir; ganar su propio dinero era una experiencia totalmente nueva, además parecía que su trabajo era perfecto. Ella era completamente apta para desempeñarlo con la mayor eficiencia y maestría.
El negocio marchaba y de algún modo esta prosperidad ajena le satisfacía. Solo le inquietaban las constantes quejas de su patrona acerca de dinero. Tal parecía que ella era una mujer muy buena, pues tal y como pregonaba, les pagaba a sus empleadas varios pesos más a la semana que lo que hubieran percibido en cualquier otro lugar. Ello le significaba enormes pérdidas, y el negocio apenas le permitía vivir decentemente, o al menos decía ella.
Por otro lado, la doña percibía una realidad muy diferente, pues el negocio estaba atestado de lunes a domingo (por supuesto, los días de descanso no existían), y después de semanas de trabajar para la patrona, la doña notaba la curiosa manera de repartir los ingresos que esta tenía. Sea como fuere, si algo no está roto no hay porque repararlo, y así siguió trabajando desde la media tarde hasta la madrugada en el puesto de antojitos.
Un buen día, algo sucedió que hizo que la doña reconsiderara sus circunstancias: al final de la jornada, en medio de la noche de domingo la patrona se dispuso a pagarle a sus empleadas, por supuesto en medio del acostumbrado ritual de quejas por dinero. Al llegar el turno de la última, las quejas dieron paso al reproche en contra de quien había osado faltar dos días esa semana. La patrona dejó muy en claro lo generosa que era de su parte el sólo descontarle los dos días de salario más uno de castigo por no avisar ni mandar reemplazo, y no despedirla definitivamente.
La empleada se quejó y explicó que sus faltas se debían a que su marido había estado enfermo y ella había tenido que atenderlo. No habían sido un gusto. Entendía los días descontados por ausencia pero no el castigo.
La patrona explotó en ira. ¡La empleada era una ingrata, una sinvergüenza y una ladrona! ¿Cómo pretendía no ser castigada? ¡La había abandonado a ella y a sus compañeras! ¡Eran un equipo! ¿Cómo se atrevía? Fúrica, la patrona le pagó sólo cuatro días de cinco trabajados aventado el dinero a la calle, y le rugió a la empleada que se largara y que jamás regresara. Después de que la ahora desempleada se fuera, la patrona les gritó a todas que eso era una lección y que esperaba la hubieran aprendido. La experiencia había sido impactante. No sólo la actitud de la patrona era absurda, sino en extremo injusta. Sea como fuere, efectivamente había sido una lección.
Poco después, una nueva señora fue contratada y la siguientes semanas transcurrieron sin novedad, sólo el ojo de la doña se había aguzado; ahora era más observadora y más crítica, al menos a su nivel. Ahora veía con mucha más claridad lo próspero que era el negocio, el mucho trabajo que ella y sus compañeras realizaban y lo frágil de su posición, lo absurdas que eran las quejas de la patrona acerca de dinero y lo desproporcionado de su paga. Esto último aún con una inocente curiosidad. Tanto le intrigaba el asunto, que se veía tentada a enfrentar su miedo aún exabrupto por parte de la patrona y cuestionarla al respecto. Era más fácil decirlo que hacerlo.
Más semanas pasaron y otro incidente hizo que se resolviera definitivamente: la patrona anunció que iría a “su rancho” a visitar a su familia por unos días (tal y como explicó, ella misma era de origen muy humilde, por eso comprendía a sus empleadas y fraternizaba con ellas), por lo que el changarrito permanecería cerrado durante una semana. Las empleadas comprenderían por supuesto, que al permanecer cerrado el puesto no generaría ganancias, y mucho menos salarios para las empleadas. La noticia era fatal. Todas dependían de su escasa paga, sino totalmente, al menos para complementar los paupérrimos ingresos familiares. En el caso de la doña la dependencia era total, pero una semana de hambre ya no le espantaba. Haciendo alarde de ingenuidad, otra empleada sugirió que entre ellas podían llevar el negocito durante la ausencia de la patrona, de manera que ella obtuviera sus ganancias, y ellas sus salarios. La negativa fue rotunda; la patrona “sabía” que eran exactamente momentos como este los que las trabajadoras esperaban para robarle haciendo “negocio de su negocio”, y eso ella no lo iba a permitir. Con muchos sacrificios, ella había ahorrado sus centavos para permitirse ese viaje, y si las empleadas no habían sido previsoras, ése era su problema.
Aún siendo prácticamente analfabeta, la doña tenía muchísima experiencia haciendo cuentas y estirando el dinero del gasto, ergo no le fue difícil emplear su semana libre para calcular de manera aproximada los gastos, costos, ventas, ingresos y ganancias finales del puesto de antojitos. Los resultados fueron sorprendentes. La diferencia entre lo que las empleadas producían en términos de dinero, y lo que percibían como salario era inmensa. De haber sido más ducha para el lenguaje, habría tenido mucho que decir; lo cierto es que estaba perpleja.
El día de regreso a laborar había llegado, y la doña había tomado su decisión. A pesar de los temores y a pesar de lo limitada que se sabía para expresar sus ideas, le plantearía a la patrona sus inquietudes respecto al reparto de las ganancias que como equipo generaban todas juntas. Le interesaba dejar claro que sabía perfectamente que la patrona era la patrona, aún así también pensaba que como trabajadoras tan eficientes que eran, en un negocio tan exitoso como el puesto, podían y debían ser mejor remuneradas.
Cuando el último cliente de esa noche se fue, mientras sus compañeras limpiaban y la patrona hacía su peculiar corte de caja, la doña se acercó a ésta tímidamente, y tartamudeando y como pudo le hizo saber lo que pensaba. A pesar de los antecedentes, ésta vez no hubo gritos ni regaños, aún así, el resto de las trabajadoras habían quedado estupefactas al escuchar a la doña. Con una voz helada y de manera tajante, la patrona dejó en claro 3 cosas: primero, que la doña como empleada no tenía ningún derecho de cuestionarla al respecto; segundo, que el negocio era de ella, ella lo había arriesgado todo sacrificándose para salir adelante, siendo muy fácil como empleada llegar a recibir un salario sin arriesgar nada, y tercero, que las ventas que el puesto tuviera a la doña para nada interesaban, si en algo estaba en desacuerdo tenía toda la libertad de buscarse otro empleo. Ninguna de las empleadas se explico jamás porque la doña no fue despedida esa noche.
Después del incidente, la doña jamás volvió a abrir la boca para algo que no fuera indispensable, y estrictamente relacionado con la producción de antojitos. El trato de la patrona hacia sus trabajadoras también cambió, ahora era más seco pero ligeramente menos déspota, y así transcurrieron varias semanas más.
De manera privada, la doña sabía que el incidente había tenido más repercusiones que las obvias, por lo menos para ella misma. Ahora hacia todo esfuerzo necesario para ahorrar todo lo posible, aunque fueran unos cuantos pesos a la semana. Pese a su mísero salario, la cuestión no era difícil dado que había llevado desde siempre una vida de carencias, apreturas y limitaciones.
Las semanas se hicieron meses, y la vida de la doña y del puesto de antojitos transcurrían sin aparente novedad, salvo que un par de ahora ex empleadas habían simplemente dejado de asistir a laborar sin aviso alguno. Por los comentarios y cuchicheos se entendía perfectamente que ello era normal, ya que por alguna inexplicable razón era difícil desarrollar lealtad al negocio. Individualmente, la doña se había capitalizado modestamente, y ahora tenía un plan para sí misma. Pronto renunciaría a su posición como empleada del puestecito e intentaría algo nuevo, ello a pesar de que pareciera que tener un empleo era ya un privilegio, sin importar qué empleo.
El día llegó, y la doña (después de recibir su salario por si las moscas) escuetamente le hizo saber a la patrona que le era imposible continuar cumpliendo con sus obligaciones dentro del negocio y que por ello se veía forzada a renunciar. Sorpresivamente, la patrona no hizo reproche alguno ni pregunto nada, por el contrario, pareció aliviada. Se limitó a recordarles a las demás empleadas que aunque lo quisiera de corazón y debido a su mala situación, no se veía en posibilidades de mejorar sus circunstancias laborales.
Ya en su casa, la doña se tomó un día de descanso (más hubiera sido excesivo), y al siguiente salió a hacer unas compras, adquirió una paila, una mesa, unas sillas y una lona, así como ingredientes suficientes para unos cuantos días de modesta producción de empanadas, garnachas, y tostadas.
Conforme la tarde de ese día transcurría, la doña sentía mariposas en el estomago. Iba a intentar algo completamente nuevo, aunque en el tema de las primeras veces irónicamente empezaba a sentirse experta. Al llegar al crepúsculo, comenzó a instalar su propio changarrito, y aunque estaba afuera de su casa, se sentía más sola que nunca; sola en medio de la calle.
Como pudo se sacudió el miedo y puso manos a la obra. Para cuando la noche había caído completamente, el aceite estaba caliente, los guisados a la vista y la mesa y la masa dispuestas. Sólo unas pocas personas cenaron ahí esa noche, y la siguiente y la siguiente. Aun así el pequeño margen (no ganancia) que las ventas habían dejado, eran suficientes para reponer la materia prima, los insumos, y alimentar a la doña quien difícilmente podría pensar en otra necesidad.
Así las cosas, y en contra de todo pronóstico, la empresa se mantenía a flote. Es más, parecía estar a la alza; cada vez más gente llegaba a cenar antojitos de “La Doña”. Conforme las ventas pasaban de ser modestas a suficientes, la doña de manera pragmática y casi instintiva, comenzó a observar algunos claros fenómenos del mercado, tales como la diferencia en la afluencia de clientes directamente relacionada con las fechas de pago de los asalariados, y más tarde, relacionada también con los momentos del año tanto escolar como laboral, la obviedad en la intrínseca relación oferta-demanda, así como pequeños trucos para aparentar una mejor función calidad-precio, sin que ello afectara sus ahora interesantes ganancias.
Otra realidad que comenzó a hacerse patente, era que la doña ya no se daba abasto sola. Ello le preocupaba de sobre manera dado que cualquier solución en la que pudiera pensar parecía demasiado radical. Casi sudando frio, y después de días de auto deliberación y noches de exhaustiva labor solitaria, llegó a la única conclusión sensata; necesitaba por lo menos otro par de manos y lo obtendría de la manera más fácil.
Esa noche pegó una cartulina en la única pared que su negocio ocupaba, que en aceptable español decía: “SOLISITO SEÑORA. AGA TORTILLAS.”
La jornada nocturna transcurrió sin novedad hasta que al momento de levantar el puesto, una mujer de edad madura, tez morena y aspecto humilde se le acercó con actitud sumisa y tímidamente le hizo saber que ella sabía hacer tortillas, que se sentía capaz de hacer antojitos en general, y que necesitaba casi desesperadamente un empleo pues su marido había enfermado y ella tenía que mantenerlo ahora. Un tanto renuente e indiferentemente, pero increíblemente nerviosa por dentro, la doña ofreció un empleo; el salario era bajísimo, y se reservaba el derecho de prescindir de la ayuda de la aspirante en caso de que la venta fuera baja. Por supuesto, a ninguna de las dos se le ocurrió siquiera pensar en beneficios adicionales. Sintiéndose afortunada, la aspirante aceptó la oferta sin chistar, e hízole saber a la neófita patrona que podía empezar de inmediato.
A partir de la siguiente noche, la actividad de la doña, ahora convertida en patrona, cambió totalmente. Dentro de sus posibilidades, se dedicaba ahora sólo a ser la cara del negocio, ofrecer y servir los productos, y cobrarle a los clientes. Atrás habían quedado las noches de sudor y quemaduras junto a la paila, otrora compañera, y ahora fuente de “prosperidad”, pues alguien más lo hacía ahora. Su situación había pasado de desesperada a prometedora o al menos así lo veía ella. Había quien hiciera el trabajo y ella recibía las ganancias. Había triunfado en la vida.
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miércoles 20 de julio de 2011
Miedo y Confusión
Siento la inquietud de escribir, el problema es que no tengo muchas certezas. Lo que sé de cierto es que poco es lo que entiendo. No quisiera equivocarme. No intento ser uno más de los que dice que en México el gobierno tiene la culpa de todo, ni mucho menos otro de los tantos que le sigue el juego a ese mismo gobierno a las organizaciones “criminales” como los únicos malos del cuento. Uso las comillas porque para mí está claro que ambos bandos han mostrado abiertamente sus tendencias criminales, y en ese rubro, sí me voy a permitir decir que el des-gobierno derechista como criminales de estado, tiene más cola que le pisen que las organizaciones contra las que guerrea; a ello hay que añadir los criminales corporativos a los que en realidad representa, y los eclesiásticos en los que se apoya y a los que cubre. A mi manera de ver las cosas, los cárteles y demás hierbas, no son sino otra fuertísima entidad económica intentando hacerse del poder a través de actividades inadecuadas como modus operandi. En la coyuntura, somos las masas quienes de nuevo terminamos pagando los platos rotos.
Se dice por ahí que uno de los grandes males de la humanidad ha sido y es el miedo. En el México actual, es ese miedo lo que se está convirtiendo en el pan de cada día. Yo mismo comienzo a sentirlo; yo también empiezo a temerle al diario acontecer. Miles y miles de muertos desde que esta más clara ola de violencia comenzó, y yo no puedo dejar de pensar que lo mejor es dejar que se maten entre ellos. Ello, sin embargo, es una postura simplista ante una realidad multi-compleja; me explico: el que se maten entre ellos lleva implícita la falaz idea de que yo, Carlos, estoy completamente fuera del conflicto, y no es así. Sin importar que tenga un modo honesto de vida, que no pertenezca a la clase pudiente empoderada de las llamadas instituciones, ni que mi radio de acción sea ínfimo, no dejo de estar expuesto a una bala perdida producto de uno de estos “operativos” (la moda estatal dicta llamar así a los tiroteos y a los actos de brutalidad policiaca y militar criminalizadores de las clases oprimidas) tan cotidianos ya en la una vez pacífica Xalapa, a un secuestro exprés o a un simple asalto.
Por otro lado, el que se maten entre ellos evita confrontar un trágico componente de este y la apabullante mayoría de los conflictos armados contemporáneos; los muertos no suelen ser los millonarios delincuentes detrás de un bando u el otro, por el contrario, los soldados, sicarios, policías, “funcionarios” de bajo nivel, soplones y narco-menudistas muertos no son sino obreros esclavos todos al servicio de quienes en realidad mueven los hilos de la guerra. Es más, apelando a la conciencia de clase, debo reconocer que tengo más en común con el jovenazo pobretón que busca salir adelante por cualquier medio a su alcance (léase delinquiendo), o con el policía que mantiene un empleo denigrante con tal de sustentar a su familia, que con el rico terrateniente convertido en capo o el miembro de una familia de clase alta prósperamente acomodado con un salario millonario en algún puesto del gobierno federal.
En otras palabras, pareciera que no hay salida. Nos veo atrapados en un conflicto que a muchos no es en principio ajeno, por más que los medios de propaganda nos quieran convencer de lo contrario, pero que nos amenaza constantemente. No queda más que continuar con el camino de cada quien haciendo lo mejor que se pueda, andar a las vivas, y que nos toque cuando nos tenga que tocar.
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